Las antorchas se elevaban a su espalda y la cuerdas en las muñecas le apretaban. Era la primera vez en su vida que sentía dolor físico. Podría haberse liberado fácilmente, pero ni si quiera se le pasó por la cabeza intentarlo. Se sentía humana, pero no viva. Ya no.
No podía dejar de sonreír, se sentía igual a los demás, a todos los que ayer habrían dado todo por besar sus pies y hoy se alzaban contra ella.
martes, 16 de julio de 2013
domingo, 17 de marzo de 2013
Sorpréndeme esperando
Pasamos la vida esperando; esperando que llegue el día, la hora, la persona, la mirada, incluso el beso y lo que ello conlleva. Y creemos que todo lo que esperamos será como soñamos, e indudablemente, por un momento, creemos que será real.
Y allí estaba yo, de pie junto a aquel semáforo donde unas horas atrás había tropezado yo tan torpemente y donde aquel chico, Alex, al que sólo conocía por su cara de sueño y su forma de bostezar a tan sólo unos centímetros cada mañana, me había hecho la promesa de invitarme a comer.
No tardó demasiado en llegar, despeinado y un poco a la carrera. Estaba claro que no esperaba verme allí, porque en el momento en que me vio, puso cara de sorpresa y sonrió levantando las comisuras de los labios y mostrando los dientes. Es curioso que yo también me encontrase sorprendida, no sólo por el hecho de haber acudido, sino al verle sonreír; creía que era de esos chicos que nunca sonreía.
Me percaté de que, inevitablemente, me había hecho una imagen de él sin ni siquiera conocerle, así que decidí empezar de cero con él, ser simpática y bajar las defensas que había activado en el momento en que me habló.
Se acercó a paso rápido y en un par de zancadas llegó hasta donde yo estaba. Decidí sonreír y esperar a que él me saludara primero.
- Qué puntual, ¿tantas ganas tenías de verme? -Me iba a costar mucho ser simpática.
- No soy yo la que va a echar la bilis.
Sonrió desafiante y me anoté un tanto.
Me llevó a un local no muy lejos de casa. Había estado pasando durante años por la puerta y nunca había entrado. Un discreto cartel metálico sobre la puerta anunciaba ''Guilty''. Para entrar había que atravesar dos puertas: Una de rejas como la de una celda y una de madera pulida bastante pesada. Alex me sostuvo la puerta para que pasara.
El lugar me resultó terriblemente original, con las paredes de cemento y cuentas de días infinitos en las paredes. Las mesas eran de metal también y las sillas, aunque de barrotes y aspecto incómodo, eran sorprendentemente confortables. Eché un ojo a la carta y me fijé en que todos los platos tenían nombres peculiares. Yo pedí una silla eléctrica, que consistía en un filete poco hecho con una salsa de queso roquefort un poco fuerte, mientras que Alex pidió una muerte lenta, que venía a ser un enorme bistec de al menos dos dedos de grosor que, muy a duras penas pudo acabarse.
Sonaba música estilo años cincuenta y al reconocer la canción, me concentré cerrando los ojos, en la suave voz aterciopelada del cantante.
- ¿Te gusta ésta música?
- Ahám. -Asentí sin abrir los ojos.
- ¿Conoces la canción?
- Ahám.
Se quedó en silencio visto mi poco interés en mantener una conversación que requiriese una palabra de más de dos sílabas por mi parte.
- Apenas has abierto la boca mientras comíamos.
- La he abierto, pero sólo para comer.
- Eres aburrida.
- Y tú un maleducado.
- Vaaaya, además eres una señoritinga pija. -Abrí los ojos.
- De eso nada.
- Oh, vamos, -Por su cara se extendió una sonrisa burlona.- ni me había fijado en la marca de tu jersey, ¡a saber cuánto te habrá costado!
- ¿Siempre eres así de irritante?
- ¿Siempre eres así de irritable?
- He preguntado yo primero.
- Y yo he pasado de contestar.
- Mira, no sé para qué me has invitado a venir. Será mejor que me vaya.
Su cara se puso seria de golpe.
- No puedes irte.
Le miré, sorprendida, buscando una razón coherente que me atase esa persona, en ese lugar y en ese instante. En la canción sonaba un sólo de trompeta. Aguardé, parecía querer añadir algo.
- Necesito tu ayuda.
jueves, 19 de abril de 2012
Scene 20: Cenicero
Siempre me gustó caminar deprisa, sin tiempo para pararme a mirar a mi alrededor, a observar cualquier cosa ajena a mí, a mi dolor.
Iba prácticamente corriendo por la acera mojada. Estaba empezando a llover y no tenía forma de llegar al hotel sin empaparme, así que opté por entrar en un bar cuyo cartel me había llamado la atención. Unas grandes letras verdes sobre un fondo de gruesos tablones de madera anunciaban 'Herringbone' como nombre de aquel lugar. Me debatí en la puerta unos segundos, pero finalmente me decidí y la abrí de un tirón.
El garito no estaba nada mal. Tanto las paredes, el suelo, como el mobiliario, eran de madera pulida y aquí y allá había fotos, discos, y firmas de músicos y grupos de los que no había oído hablar; en la esquina del final a la izquierda había un pequeño escenario sobre el que un pianista y un violinista tocaban tan sincronizadamente que parecían uno sólo; y al final a la derecha quedaba la barra. Inmediatamente me acerqué hasta ella.
Había un chico allí sentado, hablando con el camarero. En un principio, no llamó especialmente mi atención, ni siquiera me miró al sentarme en el taburete de al lado ni cuando el camarero se acercó a mí:
- Hola, preciosidad, ¿qué te pongo? -
- Un bourbon con hielo, por favor. -
En ese instante me miró por primera vez. Sin demasiado interés, simplemente algo de curiosidad. Me fijé en que él bebía lo mismo. Probablemente, eso fue todo lo que le llamó la atención. Pero en ese momento, yo empecé a examinarlo un poco más atentamente: tenía una melena castaña bastante bonita, aunque algo alborotada, y el color de su piel era de un blanco casi enfermizo. En el antebrazo izquierdo llevaba tatuada una raspa de pescado. Parecía alto y esbelto, y se le veía bastante delgado.
Estaban teniendo una conversación que parecía desagradarle y no pude evitar poner un poco la oreja:
- Tío, deberías ir a ver a tu viejo. No hace otra cosa que preguntar por ti. -
- No quiero ir sólo para aliviar mi mala conciencia. Si voy a verle, quiero que sea porque deseo verle. - Su voz sonaba apagada, desgastada, como el motor de un coche antiguo. - Por muy poco que le quede. -
- ¡Oh, vamos, tú mismo te lo dices todo! Según tú, le queda poco, ¿y aún así no tienes ganas de verlo, después de tantos años? ¡No hay quién te entienda, tío! -
- Eso nunca ha sido un problema. - Suspiró, echando la cabeza hacia atrás. Se metió un palillo de dientes en la boca, lo partió y lo dejó en el cenicero, apretándolo contra el cristal como quien apaga una colilla. No me había fijado antes, pero el cenicero estaba lleno de ellos. - No hay quien me entienda porque no quiero que nadie lo haga. Por mucho que seas mi primo y lleves años intentándolo, no lo vas a conseguir. No me entiendo ni yo. -
- Y no me extraña. Viniendo cada noche aquí, lo único que pienso es que lo que haces es buscarte a ti mismo, aunque se te acabe yendo de las manos y termines acostándote con chicas de las que no vuelves a saber nada. Sigo sin entender como puedes... No sé, vivir así. -
- Lo que pasa es que tú eres un sentimental. -
- Te recuerdo que tú también lo eras. -
- ... - Dio un trago de su vaso y se sacudió el pelo. - Y mira dónde estoy. -
Empezaba a irritarme. Me pareció el típico ''tío duro'' que cree que ignorándolo todo estará mejor. No pude callarme. Me irritaba de verdad.
- Que algo no funcione una vez no significa que no vaya a funcionar una quinta. -
Se giró, sorprendido, observándome con curiosidad. Tenía los ojos claros, realmente bonitos, aunque sin vida, y unas ojeras considerables bajo ellos. Dio otro trago a su bourbon.
- Dime, ¿a ti te funciona eso de ''sentir''? - Me miró algo escéptico, intentando anticiparse a mi respuesta.
- Eso que acabas de decir es una estupidez. -
Las caras de ambos reflejaban sorpresa, pero la del camarero se tornó divertida. La expresión del chaval, en cambio, pasó a ser molesta, incluso desafiante.
- ¿Y bien? - Me miraba fijamente. Ahora sí que había captado su atención por completo.
- Si sigues reprimiendo lo que quiera que sea lo que sientas, acabarás explotando. Y eso nunca es divertido. - Bebí de un trago lo que quedaba en el vaso. Me sentí algo mareada, pero no tardó en pasarse.
Se levantó de un salto y se acercó a mí, hablándome entre dientes. Parecía algo enfadado.
- ¿Qué sabrás tú lo que yo siento o dejo de sentir? - Me dijo entre susurros. - La gente que cree saberlo todo, como tú, me revienta. -
- No creo saberlo todo. Lo que está a la vista no necesita lentes. Eres el típico al que le rompieron el corazón una vez e intenta ahogarlo cada noche en unas cuantas copas y un polvo de consolación. ¿Piensas seguir así toda tu vida? Yo creo que tu primo tiene razón y que deberías cambiar. A la de ya. - No bajé mi tono de voz ni un segundo. Quería dejarle las cosas claras y las cosas no se dejan claras en susurros.
Para mi sorpresa, no contestó. Miró hacia el suelo, negó con la cabeza y luego la echó hacia atrás. Cerró los ojos y suspiró, y en menos de un segundo, puso su mano en mi nuca, tirando de mi cara hacia la suya y me besó. Me besó con una intensidad y una furia que no había experimentado antes. ¡Caray! ¡Qué chaval tan estúpido!
- Tú te vienes conmigo. - Me cogió en brazos y me sacó de allí. - ¡Toni, apúntamela! -
Y nos empapamos de camino a su piso, aunque nos secamos deprisa, porque la ropa poco nos duró puesta.
domingo, 15 de enero de 2012
Las largas noches en el hospital.
- ¿Alguna vez piensas en la muerte?
- Más de lo que me gustaría.
- ¿Crees que hay algo después?
- No sólo lo creo; estoy segura.
- ¿Ni siquiera tienes dudas? ¿Cómo puedes estar tan segura?
- Es una corazonada.
- ¿Y qué crees que habrá?
- No quiero saberlo aún.
- ¿Y eso por qué?
- Porque adoro las sorpresas.
- ¿Crees que nos reencarnaremos?
- No, no lo creo, y además, no quiero eso.
- Andá, ¿y por qué no? ¿no te gustaría reencarnarte en elefante?
- No, eso te gustaría a tí. Además, no quiero ser si no soy con la gente que quiero.
- No te acordarías, así que te daría igual.
- Pero ahora sí me acuerdo y no me da igual.
- ¿Y cómo sabes que estarás con tu gente tras morir?
- Porque los que ya murieron siguen conmigo.
- ¿Qué quieres decir?
- Quiero decir que los noto a mi alrededor.
-Ah... ¿Y a tí... Te asusta morir?
- A todo el mundo le asusta morir.
- ¿Tú crees? ¿Y a los suicidas?
- Especialmente a los suicidas.
- Pues no lo entiendo.
- Creo que quienes se suicidan lo hacen porque se ven tan acorralados que no alcanzan a ver otra salida.
- ¿Otra salida?
- Sí. Creo que su vida les pesa demasiado; les asfixia.
- ...
- Duérmete; mañana será un día muy largo.
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