viernes, 19 de septiembre de 2014

Scene 20: Amigo

 Indiferencia.

 Indiferencia era todo cuanto sentía. Nunca pensé que aquello podría pasarme a mí y aún así no sentía pena o tristeza en absoluto, y era extraño, porque sentía que perdía algo que debía estar escrito en la vida de toda mujer. Debería haber sentido que me perdía en en algún lugar de mi mente en el cual nunca había estado; que se abrían puertas donde otras se cerraban. Debería haber sentido que era libre para hacer cuanto quisiera y no cuanto yo misma pudiera esperar de mí. Debería haber sentido que quizá estaba perdiendo más de lo que ganaba.

 Y no pude sentir nada.

 No recuerdo en qué momento dejé de escuchar lo que me decía el doctor, no mucho mayor que yo, con aquella bata sin planchar que permanecía tan quieta como él. Creyó que me daba una mala noticia, y durante un momento, yo también. Se suponía que debía sentirme mal de alguna manera, pero me sentía plana como una mesa, blanca como un papel. Puede que incluso vacía, pero eso no era nada nuevo.
 Decidí cortarle mientras parloteaba y ahorrarle el mal rato. Salí de allí despacio, sin prisa, e intentando reflexionar, pero lo cierto es que no encontraba en qué. Miraba las paredes blancas, vacías; las caras de las mujeres que esperaban, solas, acompañadas. Algunas con bebés, bebés que yo nunca tendría.
 Con cada paso que daba más pensaba en la horrible persona que era por ni si quiera importarme el hecho de que nunca llevaría a nadie dentro de mí, nunca sentiría sus patadas ni le enseñaría a caminar.
 Seguía avanzando, poniendo un pie delante del otro con un movimiento tan mecanizado que casi me pregunté si no sería yo un robot, sin sentimientos. Una vez llegué al coche, me senté y dejé el bolso en el asiento del coopiloto, me retoqué los labios y arranqué. Empecé a conducir un poco ida, sin pensar demasiado dónde iba.

 Y llegué a su casa.

 No tenía pensado ir, no teníamos nada que ver, y desde aquella noche no volvimos a saber nada del otro. Ni tan si quiera nos buscamos. Pero allí estaba yo, por ninguna razón en concreto.
 No necesitaba consuelo, no estaba triste, y aunque lo hubiese necesitado, nunca fui ese tipo de persona. Apoyé la cabeza en el respaldo, cerré los ojos y respiré hondo. Iría a pedir habitación en otro hotel... Y... sin previo aviso, alguien tocó a mi ventanilla.
 Me sobresalté, pero rápidamente ví que era él. Estaba haciendo el ridículo yendo allí, pero tras pensarlo un instante, decidí abrir la puerta.

 - ¿Qué te trae por aquí? ¿Acaso te quedaste con ganas de más?

 Le miré un poco sorprendida, pero sabiendo que mi cara le borraría esa estupidez de la boca. Rápidamente su expresión juguetona se tornó seria.

 - ¿Estás bien?- Preocupado era jodidamente adorable. Tenía una estúpida cara de niño que por alguna razón me gustaba peligrosamente.

 - Sí. Es sólo que se me ha complicado el viaje de vuelta. Eso es todo.-

 - Y no tienes dónde ir, supongo.- No era una afirmación, era una propuesta.

Volvió a su media sonrisa, pero sus ojos aún denotaban preocupación. Era obvio que mi respuesta no había satisfecho su curiosidad, pero leyó algo en mi rostro que delató mi disposición a quedarme con él. En su piso.
 Cogí el bolso y abrió el portal. Subimos en el ascensor en silencio. No dejaba de clavarme la mirada y yo ya no encontraba lugar de interés donde esconder la mía. Una vez dentro y con los abrigos quitados, yo me dejé caer en el sofá y él se dirigió a la cocina.

 - ¿Tienes hambre? Creo que tengo algo de pollo, puede que ensalada...-

 - Creía que estaba embarazada.-



 Se hizo el silencio.



 Salió de la cocina y me miró fijamente, sin muestra de calidez alguna.

 - ¿Y...?-

 - No tienes por qué preocuparte. Falsa alarma.-

 Su rostro y su mirada no cambiaron ni un ápice.

 - ¿Qué ocurre entonces? ¿Dónde está el problema? ¿Dónde está el fuego?-

 - ¿Fuego? En ningún momento he hablado de ningún fuego ni de ningún problema. Todo está bien.-

 Dio dos pasos hacia mí. Sólo dos pasos. Empecé a sentir el peso del techo sobre mí. Asfixiándome.

 - Ocurre algo. Si no, no estarías aquí. Estarías en tu puta ciudad discutiendo con el cabrón millonario de tu padre. ¡Escupe, vamos!-

 No sé por qué razón me costó tanto decírselo, pero casi tuve que buscar las palabras, aunque las tenía todas delante de mí.

 - No estoy embarazada porque no puedo estar embarazada y porque nunca voy a poder estarlo.- Fue casi como vomitar.

 Y él no hizo nada. No cambió nada.

 - Entonces, ¿una cerveza?-

 Sorprendida, la acepté gustosa. Y me supo maravillosamente bien, sobre todo contando con que la odiaba. Desgraciadamente no le quedaba vodka, ese vodka ruso auténtico suyo que te quemaba por dentro más que la ira.
Acabamos charlando y riendo sobre todas las cosas de las que uno podía reírse. Acabamos odiando a los críos y brindando por una vida libre de condones. Brindamos también por nuestros padres, que ojalá hubiesen sido tan estériles como yo.

 Y brindamos y brindamos. Y nos besamos. Y como pudimos, llegamos al sofá. Y más tarde a la cama, para luego volver al sofá. Y no importó nada porque no había nada que pudiera que importar. Y no podía evitar preguntarme...

 ¿Vamos a acabar siempre así?

domingo, 6 de octubre de 2013

Verdugo

 Cuando desperté y abrí los ojos me encontré que no estaba solo. La chica de anoche aún estaba durmiendo a mi lado. Me invadió una sensación que no había experimentado nunca. Era la primera vez en mi vida que me despertaba junto a alguien. Había estado con un gran número de chicas, pero ninguna se quedaba a pasar la noche.
 Le aparté un mechón castaño de la cara. Ni siquiera sabía su nombre y, si me lo había dicho, no lo recordaba. Me resultaba totalmente inusual, ¿qué demonios debía que hacer? Resolví levantarme y pasar por el baño para vaciar la vejiga y, mientras me lavaba las manos, me miré al espejo. No me reconocí cuando vi un ligero atisbo de sonrisa en mi expresión habitualmente sombría.

 Volví a la habitación, me senté en la cama y la miré. Tenía una expresión de paz tan absoluta que me hizo sentir un intruso en mi propia cama. Me levanté, cogí un cigarrillo del paquete de la mesilla y el encendedor y puse rumbo al balcón. Me senté en una de las sillas polvorientas y me encendí el cigarrillo. El humo del pitillo contrarrestaba el olor optimista de la mañana. Empezaba el ajetreo y los claxons, los timbres de bici y los llantos de niños llenaban el aire. Escuché unos pies descalzos tras de mí.

 Dí una larga calada y me giré. Ella estaba apoyada en el marco de la ventana con la larga melena revuelta y mi camiseta puesta, dejando al descubierto su hombro y sus largas piernas.

 - ¿Te he despertado?-
 - Al abrir la ventana.- Bostezó y se quitó un mechón de pelo de la cara que, instantáneamente, volvió a posarse sobre sus ojos claros, intensos. Ojos que no dejaban de mirarme interrogantes y curiosos.
 - ¿No tienes frío?- Le pregunte como vano intento de entablar conversación.
 - Estoy bien.

 Se acercó un par de pasos, tomó el cigarrillo de mis labios y le dió una calada al tiempo que se sentaba en la polvorienta silla de al lado. Ambos nos quedamos en silencio mirando el cielo gris de la mañana.
 En ocasiones la miraba con curiosidad, tan relajada, respirando y fumando como si el pitillo fuese parte de ella y mirando el amanecer como quien mira algo que siente haber perdido.

 - ¿Por qué una raspa de pescado?- Me dijo lanzando el cigarrillo sobre la barandilla.
 - De niño casi me ahogo con una.
 - ¿Eras retrasado o algo así?- Se rió con una risa tan musical que me dejó bloqueado un momento.
 - Estábamos en una comida familiar. Yo odiaba el pescado y mi padre me obligó a comerlo. No lo pensé demasiado y me lo metí entero en la boca. Acabé morado y en el hospital.
 - Y decidiste tatuarte a tu verdugo.
 - Así no olvidaré nunca que la raspa no se traga.

 Se arrebujó en mi camiseta y me miró sonriendo. Después siguió mirando el cielo, ésta vez cerró los ojos, como si las nubes fuesen a abrazarla de un momento a otro.
 Me sentí extrañamente cómodo. Era extraño porque jamás me sentía cómodo con cualquier otra persona.

 Me levanté, alzó los ojos, la cogí de los brazos obligándola a ponerse en pie y la besé. La besé como nunca había besado y como creí que nunca besaría a nadie.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Smile, you are alive!

 Para empezar, ¡gracias por las 1000 visitas! A pesar de que tengo el blog bastante abandonadillo, vosotros seguíis ahí.

 Y lo segundo, ¡Daria está completa! después de un añito y ocho meses de tener su cabeza, que me costó sudor y lágrimas, (Es un molde limitado de Fairyland, una Juri de 2011) pero por fin hace poquito llegó su cuerpo y hace unos días su peluquilla, así que dejo las fotos que más me gustaron de ella, que me tiene enchochada.




  Tengo que dejar claro que sólo hablo como una petarda cuando se trata de mis pequeñicos, (¡¿LO VÉIS?!)


 ¡Gracias de nuevo por las 1000 visitas, espero poder recompensaros con 1000 sonrisas de Daria!

martes, 10 de septiembre de 2013

100BJD: Pesadilla

Más que una foto en sí sola, es una preview de una fotohistoria bastante breve que ya subiré y así de paso, empiezo con el 100BJD, que ya es hora.


domingo, 11 de agosto de 2013

Scene 20: Pijama

 Me desperté con unos fuertes golpes de nudillos. Me levanté despacio y abrí la puerta. Una eufórica mata de pelo entró casi volando en la habitación.

 - ¡Tienes mayordomo! ¿Por qué no me dijiste que tienes mayordomo? -

 Aún estaba en el país de los sueños y no distinguía dónde estaba ni quién era yo. Me froté los ojos y bostecé, lo cual sirvió como señal de que no tenía capacidad para contestar a preguntas que requiriesen una respuesta de más de una sílaba.
 Se me quedó mirando con esos ojos grandes suyos, examinando mi pantalón de pijama y mi torso desnudo. Casi diría que se sonrojó. Bajó la mirada y el tono de voz.

 - Erm... Siento si he venido en un mal momento. Quería pedirte perdón por largarme como lo hice el otro día. No estuvo bien. -

 - ¿Has venido sólo por eso? -

 - No. Quería saber qué era eso en lo que necesitabas ayuda. -

 Suspiré. ¡Sí, joder! Ya pensaba que había perdido toda posibilidad de resolver toda éste puto sinsentido.

 - Pasa, ponte cómoda. Está algo desordenado pero...

 - ¿Algo desordenado? Mi cesta de la ropa sucia está más ordenada que ésto. ¿Qué digo? Mi cesta de la ropa sucia huele mejor que ésto. -

 - Se me olvidaba que eres una maldita pija repipi... -

 - Se me olvidaba que eres un impertinente. -

 Quité un par de vaqueros del sofá y se sentó.
 Nos quedamos en silencio. Ella examinando la habitación con la mirada y yo tratando de poner las ideas en su sitio. Aún no me había espabilado del todo.

 - ¿Sabes? Mi hermano pequeño dice que sueña contigo. Que habla contigo. Lógicamente le he dicho que sólo es un sueño, pero se empeña en que es real. - Entrecerró los ojos y la voz se le tornó dulce.

 - ¿Cómo me conoce tu hermano? -

 - Nos vio juntos el otro día camino del restaurante. Me dijo que te conocía. Que hablábais en sus sueños. -

 - Así que no me equivocaba... - Dije en voz baja, casi para mí.

 - ¿Perdona? -

 Un escalofrío me recorrió la espalda. No sabía si de alivio o de miedo.
 Suspiré, me senté en el suelo con las piernas cruzadas y coloque mis manos sobre sus rodillas. La miré intensamente a los ojos. Me devolvió una mirada llena de preguntas e intriga.

 - ¿Has venido aquí directamente desde casa? -

 - Sí. ¿Por q... ? -

 - ¿Dónde estaba tu hermano cuando has salido por la puerta? -

 - Durmiendo... Oye, ¿no insinuarás que... ? -

 - ¿Y si te dijera que lo que Erico te ha contado no es ninguna tontería?

martes, 16 de julio de 2013

Condena.

 Las antorchas se elevaban a su espalda y la cuerdas en las muñecas le apretaban. Era la primera vez en su vida que sentía dolor físico. Podría haberse liberado fácilmente, pero ni si quiera se le pasó por la cabeza intentarlo. Se sentía humana, pero no viva. Ya no.
 No podía dejar de sonreír, se sentía igual a los demás, a todos los que ayer habrían dado todo por besar sus pies y hoy se alzaban contra ella.

domingo, 17 de marzo de 2013

Sorpréndeme esperando

 Pasamos la vida esperando; esperando que llegue el día, la hora, la persona, la mirada, incluso el beso y lo que ello conlleva. Y creemos que todo lo que esperamos será como soñamos, e indudablemente, por un momento, creemos que será real.

 Y allí estaba yo, de pie junto a aquel semáforo donde unas horas atrás había tropezado yo tan torpemente y donde aquel chico, Alex, al que sólo conocía por su cara de sueño y su forma de bostezar a tan sólo unos centímetros cada mañana, me había hecho la promesa de invitarme a comer. 
 No tardó demasiado en llegar, despeinado y un poco a la carrera. Estaba claro que no esperaba verme allí, porque en el momento en que me vio, puso cara de sorpresa y sonrió levantando las comisuras de los labios y mostrando los dientes. Es curioso que yo también me encontrase sorprendida, no sólo por el hecho de haber acudido, sino al verle sonreír; creía que era de esos chicos que nunca sonreía. 
 Me percaté de que, inevitablemente, me había hecho una imagen de él sin ni siquiera conocerle, así que decidí empezar de cero con él, ser simpática y bajar las defensas que había activado en el momento en que me habló. 
 Se acercó a paso rápido y en un par de zancadas llegó hasta donde yo estaba. Decidí sonreír y esperar a que él me saludara primero.

 - Qué puntual, ¿tantas ganas tenías de verme? -Me iba a costar mucho ser simpática.
 - No soy yo la que va a echar la bilis. 

 Sonrió desafiante y me anoté un tanto. 



 Me llevó a un local no muy lejos de casa. Había estado pasando durante años por la puerta y nunca había entrado. Un discreto cartel metálico sobre la puerta anunciaba ''Guilty''. Para entrar había que atravesar dos puertas: Una de rejas como la de una celda y una de madera pulida bastante pesada. Alex me sostuvo la puerta para que pasara. 
 El lugar me resultó terriblemente original, con las paredes de cemento y cuentas de días infinitos en las paredes. Las mesas eran de metal también y las sillas, aunque de barrotes y aspecto incómodo, eran sorprendentemente confortables. Eché un ojo a la carta y me fijé en que todos los platos tenían nombres peculiares. Yo pedí una silla eléctrica, que consistía en un filete poco hecho con una salsa de queso roquefort un poco fuerte, mientras que Alex pidió una muerte lenta, que venía a ser un enorme bistec de al menos dos dedos de grosor que, muy a duras penas pudo acabarse. 
 Sonaba música estilo años cincuenta y al reconocer la canción, me concentré cerrando los ojos, en la suave voz aterciopelada del cantante.

- ¿Te gusta ésta música? 
- Ahám. -Asentí sin abrir los ojos.
- ¿Conoces la canción? 
- Ahám. 

 Se quedó en silencio visto mi poco interés en mantener una conversación que requiriese una palabra de más de dos sílabas por mi parte. 

- Apenas has abierto la boca mientras comíamos.
- La he abierto, pero sólo para comer. 
- Eres aburrida.
- Y tú un maleducado.
- Vaaaya, además eres una señoritinga pija. -Abrí los ojos.
- De eso nada. 
- Oh, vamos, -Por su cara se extendió una sonrisa burlona.- ni me había fijado en la marca de tu jersey, ¡a saber cuánto te habrá costado!
- ¿Siempre eres así de irritante?
- ¿Siempre eres así de irritable?
- He preguntado yo primero. 
- Y yo he pasado de contestar.
- Mira, no sé para qué me has invitado a venir. Será mejor que me vaya.

 Su cara se puso seria de golpe.

- No puedes irte.

 Le miré, sorprendida, buscando una razón coherente que me atase esa persona, en ese lugar y en ese instante. En la canción sonaba un sólo de trompeta. Aguardé, parecía querer añadir algo.

- Necesito tu ayuda.

jueves, 19 de abril de 2012

Scene 20: Cenicero

  Siempre me gustó caminar deprisa, sin tiempo para pararme a mirar a mi alrededor, a observar cualquier cosa ajena a mí, a mi dolor.

 Iba prácticamente corriendo por la acera mojada. Estaba empezando a llover y no tenía forma de llegar al hotel sin empaparme, así que opté por entrar en un bar cuyo cartel me había llamado la atención. Unas grandes letras verdes sobre un fondo de gruesos tablones de madera anunciaban 'Herringbone' como nombre de aquel lugar. Me debatí en la puerta unos segundos, pero finalmente me decidí y la abrí de un tirón. 
 El garito no estaba nada mal. Tanto las paredes, el suelo, como el mobiliario, eran de madera pulida y aquí y allá había fotos, discos, y firmas de músicos y grupos de los que no había oído hablar; en la esquina del final a la izquierda había un pequeño escenario sobre el que un pianista y un violinista tocaban tan sincronizadamente que parecían uno sólo; y al final a la derecha quedaba la barra. Inmediatamente me acerqué hasta ella. 
 Había un chico allí sentado, hablando con el camarero. En un principio, no llamó especialmente mi atención, ni siquiera me miró al sentarme en el taburete de al lado ni cuando el camarero se acercó a mí: 

 - Hola, preciosidad, ¿qué te pongo? -

 - Un bourbon con hielo, por favor. - 

 En ese instante me miró por primera vez. Sin demasiado interés, simplemente algo de curiosidad. Me fijé en que él bebía lo mismo. Probablemente, eso fue todo lo que le llamó la atención. Pero en ese momento, yo empecé a examinarlo un poco más atentamente: tenía una melena castaña bastante bonita, aunque algo alborotada, y el color de su piel era de un blanco casi enfermizo. En el antebrazo izquierdo llevaba tatuada una raspa de pescado. Parecía alto y esbelto, y se le veía bastante delgado. 
 Estaban teniendo una conversación que parecía desagradarle y no pude evitar poner un poco la oreja:

 - Tío, deberías ir a ver a tu viejo. No hace otra cosa que preguntar por ti. - 

 - No quiero ir sólo para aliviar mi mala conciencia. Si voy a verle, quiero que sea porque deseo verle. - Su voz sonaba apagada, desgastada, como el motor de un coche antiguo. - Por muy poco que le quede. -

 - ¡Oh, vamos, tú mismo te lo dices todo! Según tú, le queda poco, ¿y aún así no tienes ganas de verlo, después de tantos años? ¡No hay quién te entienda, tío! -

 - Eso nunca ha sido un problema. - Suspiró, echando la cabeza hacia atrás. Se metió un palillo de dientes en la boca, lo partió y lo dejó en el cenicero, apretándolo contra el cristal como quien apaga una colilla. No me había fijado antes, pero el cenicero estaba lleno de ellos. - No hay quien me entienda porque no quiero que nadie lo haga. Por mucho que seas mi primo y lleves años intentándolo, no lo vas a conseguir. No me entiendo ni yo. -

 - Y no me extraña. Viniendo cada noche aquí, lo único que pienso es que lo que haces es buscarte a ti mismo, aunque se te acabe yendo de las manos y termines acostándote con chicas de las que no vuelves a saber nada. Sigo sin entender como puedes... No sé, vivir así. -

 - Lo que pasa es que tú eres un sentimental. - 

 - Te recuerdo que tú también lo eras. - 

 - ... - Dio un trago de su vaso y se sacudió el pelo. - Y mira dónde estoy. -

 Empezaba a irritarme. Me pareció el típico ''tío duro'' que cree que ignorándolo todo estará mejor. No pude callarme. Me irritaba de verdad.

 - Que algo no funcione una vez no significa que no vaya a funcionar una quinta. - 

 Se giró, sorprendido, observándome con curiosidad. Tenía los ojos claros, realmente bonitos, aunque sin vida, y unas ojeras considerables bajo ellos. Dio otro trago a su bourbon. 

 - Dime, ¿a ti te funciona eso de ''sentir''? - Me miró algo escéptico, intentando anticiparse a mi respuesta.

 - Eso que acabas de decir es una estupidez. - 

 Las caras de ambos reflejaban sorpresa, pero la del camarero se tornó divertida. La expresión del chaval, en cambio, pasó a ser molesta, incluso desafiante. 

 - ¿Y bien? - Me miraba fijamente. Ahora sí que había captado su atención por completo.

 - Si sigues reprimiendo lo que quiera que sea lo que sientas, acabarás explotando. Y eso nunca es divertido. - Bebí de un trago lo que quedaba en el vaso. Me sentí algo mareada, pero no tardó en pasarse.
 Se levantó de un salto y se acercó a mí, hablándome entre dientes. Parecía algo enfadado. 

 - ¿Qué sabrás tú lo que yo siento o dejo de sentir? - Me dijo entre susurros. - La gente que cree saberlo todo, como tú, me revienta. -

 - No creo saberlo todo. Lo que está a la vista no necesita lentes. Eres el típico al que le rompieron el corazón una vez e intenta ahogarlo cada noche en unas cuantas copas y un polvo de consolación. ¿Piensas seguir así toda tu vida? Yo creo que tu primo tiene razón y que deberías cambiar. A la de ya. - No bajé mi tono de voz ni un segundo. Quería dejarle las cosas claras y las cosas no se dejan claras en susurros. 

 Para mi sorpresa, no contestó. Miró hacia el suelo, negó con la cabeza y luego la echó hacia atrás. Cerró los ojos y suspiró, y en menos de un segundo, puso su mano en mi nuca, tirando de mi cara hacia la suya y me besó. Me besó con una intensidad y una furia que no había experimentado antes. ¡Caray! ¡Qué chaval tan estúpido!

 - Tú te vienes conmigo. - Me cogió en brazos y me sacó de allí. - ¡Toni, apúntamela! -

 Y nos empapamos de camino a su piso, aunque nos secamos deprisa, porque la ropa poco nos duró puesta.

domingo, 15 de enero de 2012

Las largas noches en el hospital.

- ¿Alguna vez piensas en la muerte?
- Más de lo que me gustaría.
- ¿Crees que hay algo después?
- No sólo lo creo; estoy segura.
- ¿Ni siquiera tienes dudas? ¿Cómo puedes estar tan segura?
- Es una corazonada.
- ¿Y qué crees que habrá?
- No quiero saberlo aún.
- ¿Y eso por qué?
- Porque adoro las sorpresas.
- ¿Crees que nos reencarnaremos?
- No, no lo creo, y además, no quiero eso.
- Andá, ¿y por qué no? ¿no te gustaría reencarnarte en elefante?
- No, eso te gustaría a tí. Además, no quiero ser si no soy con la gente que quiero.
- No te acordarías, así que te daría igual.
- Pero ahora sí me acuerdo y no me da igual.
- ¿Y cómo sabes que estarás con tu gente tras morir?
- Porque los que ya murieron siguen conmigo.
- ¿Qué quieres decir?
- Quiero decir que los noto a mi alrededor.
-Ah... ¿Y a tí... Te asusta morir?
- A todo el mundo le asusta morir.
- ¿Tú crees? ¿Y a los suicidas?
- Especialmente a los suicidas.
- Pues no lo entiendo.
- Creo que quienes se suicidan lo hacen porque se ven tan acorralados que no alcanzan a ver otra salida.
- ¿Otra salida?
- Sí. Creo que su vida les pesa demasiado; les asfixia. 
- ...
- Duérmete; mañana será un día muy largo.

martes, 8 de noviembre de 2011

Por favor, no te vayas.

 Crucé corriendo el pasillo hasta llegar a la habitación. Abrí la puerta con toda la fuerza que pude, pero ésta se me aflojó cuando ví lo que tenía delante. La luz de la luna llena entraba por la ventana, iluminando el horror de la escena. Aquel mutante o ''yoquesequé'' le había atravesado el pecho con sus afiladas garras. Sobresaltado, me miró, lo lanzó contra la pared y se fue haciendo un agujero en el tabique que daba al otro pasillo.
 Corrí hacia Alfred, sentado en el suelo, apoyado contra la pared e inclinado hacia delante. Había sangre por todas partes. Él no dejaba de toser. Más sangre.
 Lo recosté sobre mis rodillas, sosteniéndole la cabeza con el brazo derecho; el izquierdo sobre la herida del pecho. 

 - Lo siento. -Tosió.-  No he sido un buen hermano desde que papá y mamá sufrieron el accidente. -

 - Shhhh... Calla. -Los ojos se me empezaron a llenar de lágrimas.- Has sido el mejor hermano que has sabido ser.-

 - No... -Empezaba a respirar con dificultad y pesadez.- Casi olvidé que tenía personas que me apreciaban... Tan obsesionado como estaba con mis... -Tosió violentamente. Sangre.- Bueno, ya has visto en qué estaba metido...-

 - Eso ya no importa. -Se me quebró la voz.- Si terminaste haciendo todo esto fue por protegerme... -

 - Por miedo... -Me interrumpió.- Insensatez. Llámalo como quieras. -Tosía y tosía. Más sangre.- Como hermano mayor sentí que debía protegerte... Pero no me fijé en que era innecesario... En que alguien ya te protegía por mí...-

 - Por favor... Por favor... No te vayas... -No pude contenerme más y rompí a llorar; apoyé la mejilla en su frente y lo mecí lentamente. Muy lentamente.- Se acerca tu cumpleaños; Erico te ha preparado un regalo muy especial: Unos gemelos de plata de papá; el tío Elroy ha hecho un vídeo para que lo veamos juntos. Llevaba varios días recorriendo la casa buscando álbumes y dejándola patas arriba con fotos por medio. -Tosió y luego suspiró. Suspiré.- Encontré una de cuando fuimos al Zoo con papá y mamá. Recuerdo que, cuando ví a los monos, no podía parar de llorar porque no les daban chocolatinas para comer... Y para consolarme, tú les diste una y se pusieron como locos. Recuerdo la bronca que te echaron, tanto los guardias del Zoo como papá y mamá. Pero, mientras te regañaban, me miraste, me sonreíste... Y dejé de llorar. -

 Sonreí. 

 - Eras una niña muy rara... -Se rió, pero acabó tosiendo.- ¿Te acuerdas cuando... te pusiste a berrear como una loca cuando escuchaste por primera vez el final... de Caperucita Roja? Te dio tanta pena el lobo que mamá tuvo que cambiar el final del cuento, y todas las noches nos contaba como el lobo acababa de chacha de la abuelita, que ya estaba muy mayor... Y tenía demasiada reuma como para seguir con las tareas de la casa...-

 - Fueron buenos tiempos...- 

 - La mejor época de mi vida.-

 - Te vas a poner bien. -Rompí a llorar. No sabíamos si era una despedida, y si sería para siempre.-  No dejes de visitarnos, ¿eh?.-

 Lloré. Con sus últimas fuerzas puso su mano sobre la mía. 

 - No me imagino la vida sin tí...

 - Pues vas a tener que hacerlo. -Cerró su mano sobre la mía.- Rose... Escúchame, Rose... -Levanté la cabeza, poniendo mi rostro frente al suyo.- Tienes que destruir todo lo que yo he creado. Hazlo... Por mí... Y por ellos... -Asentí seguidamente con la cabeza.- No cuentes nada de esto a Erico ni al tío... -Negué con la cabeza.- Confío en ti. -Abrió los ojos todo lo que sus párpados le permitían y me miró muy fijamente mientras una lágrima descendía por su mejilla.- No lo olvides.

 Y no dijo más. 

 Lloré. Lloré como nunca había llorado, ni siquiera en la muerte de padre y madre. Lloré y lloré durante un tiempo que me pareció una eternidad. Y al fin, cuando, en teoría, me calmé, lo tumbé en el suelo.
 Le dí un largo beso en la mejilla y me puse en pie. Tenía algo que hacer. Más decidida que nunca, fui en busca de Alex. 
 Salí por el agujero que había dejado en la pared aquella cosa, y fui en su busca. 

 Corrí. Corrí, corrí y corrí. No había luz en todo el hotel, así que estaba casi totalmente oscuro. Tropecé como unas doce veces, y cuando finalmente me caí, cuál sería mi sorpresa al levantar la cabeza y encontrarme con ''eso'' que había matado a mi hermano. 

 ''Eso'' que ahora me miraba con un resplandor extraño en la mirada. Cerré los ojos con fuerza y me cubrí la cara con las manos, pero no sucedió nada. No se movió un milímetro. 
 Le miré con miedo, pero a la vez con curiosidad. Él se limitó a seguir mirándome, inmóvil. 

 Para mí, lo mismo podían aparecer por allí un Orco de Mordor o un elefante rosa, que yo ya no me sorprendería. A mi parecer, había perdido totalmente la cabeza.



 Continúa en No te creas que no me he dado cuenta.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Lejos.

 Detesto el silencio, ese que hace que te piten los oídos y oigas cosas que no están ahí; donde los crujidos de los muebles parecen decir cosas que quizá es preferible no escuchar.

 Aquella mañana, casi totalmente blanca, no pensaba lo mismo; blanca, por las paredes y las sábanas blancas, blanca por las blancas cortinas y el blanco de su piel desnuda y sin mácula. Tan sólo el azul intenso de su pelo y el olor a sexo flotando en el ambiente rompían ese aura de pureza.
 Se empezaban a oír los primeros coches ir de aquí para allá a toda prisa; los primeros pajarillos le cantaban al sol y las risas de los críos que iban a la escuela alegraban la calle, después de una noche de tormenta. 

 Cerré los ojos al fin, y extendí mi mano hasta agarrar un suave mechón de su larga melena. Y deseé el silencio.  Deseé con todas mis fuerzas, por muy maravillosa que pintase la mañana en ese momento, que en el mundo sólo existiésemos ella y yo. El lento sube y baja de su pecho coordinado con el sonido de su respiración; su cuello marcado por mis labios, símbolo de la pasión desatada tras nuestro reencuentro. 

 Suspiré, tanto de satisfacción por hallarme a su lado como de frustración por pensar en todo el tiempo que habíamos perdido.

 De pronto y sin esperarlo, sentí un dedo frío subir lentamente desde mi hombro hasta el mentón. Allí se detuvo y abrí los ojos.

 - ¿En qué piensas? - Allí estaba ella, observándome con curiosidad, apoyada en los codos y recorriendo mi cara con sus ojos grises. - ¿eh? -.

 Me lancé sobre ella, colocándome encima y mirándola fijamente a los ojos. 

 - En lo maravillosamente bien que me he despertado, ¿no te has fijado en lo rematadamente guapo que soy y en la mujer tan bonita que yace junto a mí? -. Le solté, dibujando una sonrisa torcida en mis labios que yo sabía que ella adoraba. 

 Puso los ojos en blanco, pero finalmente rió, sonrosándose muy ligeramente. La besé en la punta de la nariz y me senté en la cama, recordando una de las muchas cosas que tenía que decirle. La más grave de todas.

 - Calla... - Suspiré. No existían palabras para dar una noticia así sin causar dolor, así que fui directamente al grano. - Vladimir ha muerto. 

 Se sentó en la cama mirándome fijamente, esperando que le dijese que era una broma. Pasados unos segundos reaccionó, asimilando lo que acababa de decirle.
 Dio un salto y, revolviendo las sábanas, se levantó de la cama y se puso en pie. En un principio fue en busca del teléfono, pero inmediatamente después de descolgarlo, lo colgó de nuevo y fue en dirección al armario. Abrió la puerta de un fuerte tirón y empezó a rebuscar frenéticamente dentro de él. Finalmente, sacó una maleta.
 - ¿Cómo te has enterado? - Me preguntó mientras buscaba nerviosa los cajones del armario.

 -Me... Me llamó tu madre. Le conté que iba a venir a verte. Me pidió que no te dijera nada. - Comenzaron a sudarme las manos. Es posible que debiera haberme callado. - ¿Qué estás haciendo? - Empezó a meter ropa al azar en la mochila. 

 - La maleta. Nos vamos a casa. Tengo muchas cosas que arreglar. -

 Dio media vuelta sobre sí misma, me miró conteniendo las lágrimas en los ojos, y finalmente se desplomó y cayó de rodillas, sollozando. Me levanté de un salto y fui corriendo a consolarla.

 Acabamos hechos un ovillo, el uno en brazos del otro. Desnudos sobre el frío suelo.

 Y volvió el silencio. Un silencio que hacía que me pitasen los oídos y me exasperaba. Un silencio que significaba el fin del comienzo de la maravillosa vida que podíamos haber tenido. Juntos. Lejos de todo; de los recuerdos y del dolor.

domingo, 23 de octubre de 2011

Frío.

 Mamá siempre dijo que los primeros copos de nieve son lágrimas del sol, que en invierno se pone muy triste porque ya no nos llega su calor.

 Esos días en que caían las primeras nieves, yo me sentaba en la acera de casa con la dificultad de volver a acostumbrarme a llevar capas y capas de ropa. La bufanda gastada, ya casi sin color de tantos inviernos como había visto, apestaba a bolitas de alcanfor y humedad, los guantes comenzaban a quedárseme algo pequeños y cómo me quedase el pelo tras quitarme el gorro con orejeras de todos los inviernos, me preocupaba por primera vez.

 Siempre me había gustado el frío: Cuando llegaba a casa después de clase, un delicioso olor proveniente de la cocina llenaba la casa y en la chimenea ardía un perfecto fuego que chisporroteaba dándome la bienvenida. De vez en cuando Liosha y su padre venían a almorzar y a hacernos compañía. El ambiente siempre era cálido y risueño, y algo flotaba en el aire que Lio y yo no llegábamos a comprender pero que no nos hacía siquiera falta, pues nos envolvía con una sensación familiar y acogedora. A veces, incluso, Vladimir, el padre de Lio, ponía el tocadiscos y sacaba a bailar a mamá mientras nosotros dos les mirábamos con el corazón henchido de felicidad.

 Pero ese invierno no. Yo había elegido a Dimitri sin tener en cuenta cómo cambiarían las cosas y el daño que eso iba a hacerle a Lio. No es que no fuese a elegirle sólo para que todo siguiese igual, como un cuadro en la pared que nunca cambia; le habría elegido igualmente, es sólo que no hice las cosas bien y causé más dolor del que debería. Destrocé mi rutina, y lo que es peor, los pequeños momentos felices de mi madre. Ese invierno lo pasé sentada en la acera, debatiéndome si entrar en casa o quedarme fuera y, cuando me decidía a entrar y abría la puerta, ningún olor delicioso provenía de ninguna parte; ningún fuego encendido me recibía al llegar.

 Nada. Sólo frío, escarcha en las ventanas y una nota en la cocina. ''Tienes la comida en la nevera. Caliéntala al microondas y listo''.

 Intenté arreglar la situación, juro que lo intenté, pero Lio no cogía mis llamadas; las cosas entre nosotros habían acabado muy mal. Rompí promesas y corazones y me llevé por delante mis maravillosos inviernos, que se tornaron lúgubres y eternos.

 Y me encontré sola. Por primera vez, sola, y sentí, por primera vez, verdaderamente frío.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Cansarse de soñar.

Abandonarse al aquí y ahora...


Y comenzar a vivir de verdad.


Dejar de ser esclavo de uno mismo...


Y de la soledad.


Y mirar al futuro...


Sin olvidar el pasado, 
claro está;


Pero sin dejarse atar por el miedo
y los sentimientos hacia los demás.

martes, 30 de agosto de 2011

Adios, adios, compacta.

 ¡Saludos, después de una eternidad sin actualizar esto! 

 Bueno, estaba esperando a tener a Casimira (mi Nikon D3100 que llegará en un par de días) para volver a actualizar esto, pero como tengo algunas fotos hechas con la compacta que no he subido aquí, he decidido hacerle un ''homenaje'' ya que a partir de ahora la utilizaré lo que viene siendo poco. 






 En fin. Compacta, I will always love you. <3

domingo, 5 de junio de 2011

Concentración, inspiración y algo más.

Bueno, hoy os traigo una sesión que me ha costado sudor y casi lágrimas. 
Quería hacerla más adelante, pero puesto que la paciencia no es lo mío y lo tenía todo a mano, aquí la traigo. 
Rose toca la flauta travesera y está estudiando fotografía, de ahí ambas cosas.
(Para más información, consulte al farmacéutico... es decir, a mí xD)

Sin más dilación.



                                                 




Éstos pies son de Alexander, que aún está sin cabeza. xD


Espero que os haya gustado y, como siempre, gracias por ver.

martes, 31 de mayo de 2011

Rose.

Rose aprendió que todo se pierde.
Que has de aprovechar cada segundo porque no sabes qué puede pasar al siguiente.
A Rose no le gusta el frío invierno ni el caluroso y pegajoso verano.
Detesta la impredecible primavera y las despedidas a las que obliga el otoño.

A Rose le gusta estar acompañada, y, en caso de estar sola, hacer algo que la mantenga ocupada.
Le gusta captar las sonrisas a boca llena y las lágrimas que apenas nadie muestra.
Le gusta escuchar las historias que su hermano le cuenta mientras piensa que ojalá sea así toda la vida.

Rose no pierde el tiempo intentando alcanzar la luna, 
vive cada momento.
Le gusta acabar lo un día empezado, y, si en algo ha fallado, rectificarlo.
No le gusta llevar el pelo recogido, pero llevarlo suelto tampoco la agrada.
Finge ser feliz en todo momento, finge estar siempre ilusionada.
No ha habido de ella sonrisa ni lamento que haya sido para nada.


El paso del tiempo.

¡Al habla Verónica!
Bueno, os explico. Resulta que anoche me puse nostálgica viendo unas fotos de mi preciosa infancia y, al ver una foto de hace diez años en la escalera de mi casa , lo único que pensé fue ''Dios mío, llevo catorce años subiendo y bajando los mismos escalones, cambiando sin ser consciente de ello''. Y hoy os traigo ésta sesión, que expresa más o menos eso; el paso del tiempo, que nos cambia a nosotros pero deja intacto nuestro mundo, físicamente hablando.

Que la disfrutéis.





¿Qué forma de saludar es esa?

 Estaba parada en el semáforo de camino a clase. Llevaba esa bufanda que me regaló Rudolf la navidad pasada, la pesada mochila a la espalda y mi ejemplar de Romeo y Julieta bajo el brazo. Me froté las manos con intención de calentármelas un poco. Solté un poco de aire y me ajusté la bufanda. Miré al chico de la derecha de reojo. Era el chico que siempre pasaba a la misma hora por el mismo semáforo todas las santas mañanas. Yo no podía quitarle ojo de encima.

 Llevaba unos vaqueros ajustados y una gruesa sudadera negra. Sólo llevaba un estuche y una carpeta A3. Llevaba el cuello descubierto salvo por los mechones de pelo rubio que le caían de la nuca.

Giró un poco la cara, sólo un poco, pero lo suficiente como para darse cuenta de que estaba haciéndole un repaso. Sus ojos se clavaron en mí, un segundo, sólo un segundo que a mí me pareció una eternidad. Aparté mis ojos de los suyos y escondí la cara en la bufanda, claramente ruborizada. Ahora era él que estaba mirándome de arriba abajo. Notaba sus ojos clavados en mí. Volví a mirarle de reojo. Tenía la mirada clavada en el ejemplar de Romeo y Julieta. ¡Genial! ¡Tenía que tener en ese momento precisamente el estúpido ejemplar de una obra tan sumamente empalagosa y dramática como Romeo y Julieta, y justamente en el lado en el que él estaba! Seguro que pensaría que era la típica adolescente romanticona que soñaba con príncipes azules y acaba con un chaval estúpido y desconsiderado como desesperado intento por encontrar el ansiado amor.

 Por fin el semáforo se puso en verde después de unos minutos y comenzamos a cruzar. Íbamos a la par, su pie derecho y mi pie derecho, su pie izquierdo y mi pie izquierdo… El pulso se me aceleró. El corazón me latía tan fuerte que podía sentirlo en mis orejas. Hundí aún más la cara en la bufanda.

 Él se dio cuenta y se rió. Suspiré. Giré la cara y ví que también él me miraba. Con una media sonrisa pintada en la cara, cerró los ojos y volvió su vista al frente.

 Habíamos terminado de cruzar la calle. Ahora tomaríamos caminos distintos y no volvería a verle hasta la salida de clase camino a casa. Se paró en seco.

 -¡Oye! ¿Llevas pasta encima?- Me miraba fijamente mientras metía su mano izquierda en el bolsillo.

 -Se… ¿se puede saber qué forma es esa de saludar?- Me dí la vuelta y me encaré con él toda sonrojada y con el ceño fruncido.

 -Je…- Entornó los ojos y bajó la cabeza. –Sólo te preguntaba por si te apetecía ir a comer conmigo. Ya sabes, todos los días seguimos siempre por caminos distintos. Podíamos ir hoy por el mismo, para variar.- 
Alzó la cabeza y volvió a mirarme. Apareció esa sonrisa torcida en su cara.

 -Co… como quieras… ¡Pero ni siquiera me has dicho tu nombre!-

 Más que nerviosa, estaba sorprendida. Tenía los ojos abiertos como platos y me había quedado totalmente en blanco. Oí caer el libro de Romeo y Julieta al suelo. Lo miré, pero no me moví aún. Él se rió, dio un par de pasos hacia mí, se agachó a recoger el libro, me lo tendió y tras cogerlo no muy segura de lo que estaba haciendo, me susurró al oído…

 -Alexander, pero puedes llamarme Alex.- Su boca estaba tan cerca de mi oído que su aliento me calentó la oreja. Me puse colorada.

 -Ro… Rose.- Cerró los ojos, sonrió y se dio la vuelta para seguir su camino.

 -¡Hasta luego, Rose!- Me saludó con la mano mientras se iba dando grandes zancadas.

 Yo no me moví, no hasta después de unos minutos. No sabía si ese chico era un poco extraño o me estaba tomando el pelo. Iba a comer con él, si realmente lo decía en serio, pero yo no llevaba un céntimo y él se había ido sin yo haber contestado su pregunta. 

 Después de unos minutos me dí cuenta de que se me hacía tarde y de lo estúpida que me sentía, así que eché a correr.

 Y obviamente, llegué tarde a clase.

No te creas que no me he dado cuenta.

 Digamos que yo siempre he tenido los pies bien puestos sobre la tierra y, aunque me deje llevar bastante por la imaginación y me fascinen los seres fantásticos de libros, mitos y leyendas, jamás en la vida pensé en que realmente pudiesen existir. Pero ahí estaba él. No tenía la más remota idea de qué se suponía que era, ¿un mutante, una persona, un pobre superviviente a los experimentos de Mijail Kolvenik, o algún tipo de muestra del daño que provocan todas esas mierdas nucleares?

 No se me ocurría nada que explicase qué tenía exactamente delante, y, tenía la ‘’ligera sensación’’ de que no iba a aclarármelo aunque yo le preguntase, aunque estaba bastante segura de que tenía la capacidad de hablar, de entender y poder comunicarse. Así que todo lo que hice fue extender la mano. En principio fue un acto involuntario en señal de que no era peligrosa y, un poco, intentando expresarle que deseaba que nuestro encuentro se desarrollase de forma pacífica, pero al ver que su rostro se suavizaba –pude incluso vislumbrar un atisbo de pena en sus ojos, tristeza y ganas de ser comprendido, como pidiéndome que no huyese de él- con suavidad acerqué la mano y le acaricié la mejilla.
 Cerró los ojos ante el contacto y sonreí al ver que, realmente, no quería hacerme daño.
 De repente, escuchamos un ruido que provenía del fondo el pasillo, a su espalda. Ambos dimos un respingo. Él endureció el rostro de nuevo, me dedicó una última mirada que me pareció una disculpa y desapareció en la oscuridad que había a mi espalda.
 Al principio pensé en seguirle, pero no podía ver nada más allá de mis manos, así que decidí volver por donde había venido, aunque, después de haber oído aquel ruido, proveniente de esa dirección, me asusté.

 Comencé a andar a paso lento con todo el sigilo del que fui capaz, y, aún así, tropecé un par de veces con estrépito.
 Entonces me encontré ante el cruce que se dividía hacia los cuartos de baño y la lavandería y el pasillo que conducía a la cocina, el restaurante y el bar. Ipso facto, me vino a la mente.

 Alex.

 ¿Cómo había podido olvidarme de él y dónde se encontraba ahora? Estaba herido, muy malherido, y la última vez que le había visto había perdido bastante sangre.
 Comencé a gritar. Si había algo o alguien allí, no me importó. Tenía que encontrar a Alex. Tenía que ayudarle.

 -¡¡Alex!! ¡¡Alexander!! ¿Dónde estás?- Me eché las manos a la cabeza. ¿Hacia dónde debía dirigirme? 
¿Dónde estaba Alex?

 Por suerte, oí un grifo y, aunque en un principio me aterrorizó, opté por ir hacia los baños.
 Y allí estaba él, con la ropa empapada en sangre, apoyado en la pared con la mano sobre la llave de uno de los grifos.
  En cuanto me vio entrar, sonrió y se dejó caer al suelo.
  Encendí la luz y me apresuré a cerrar el grifo y, acto seguido, sentarme a su lado.

 -Te… oí gritar.- Seguía sonriendo.
  
-Lo sé, lo sé. Ahora cállate. Estás muy mal. Déjame ver esas heridas.-

  Con gran esfuerzo se levantó la camiseta y pude ver gran cantidad de cortes en todo su torso. Cerré los ojos con fuerza y aparté la cara. Volví a abrirlos segundos después y me sorprendí al mirar hacia su pierna. Me quedé sin aliento. Tenía la rodilla derecha doblada hacia dentro de una manera imposible. Me entraron náuseas y los ojos se me anegaron de lágrimas.
 Suspiré.

 -Ah… yo, yo…- No sabía qué era lo que podía decir. Sólo podía mirar furtivamente de su rodilla a sus ojos.

 -Tranquila.- Hablaba en apenas un susurro. Si no hubiese visto la mueca de dolor que había dibujada en su cara, habría jurado que estaba totalmente sereno. –La policía debe de estar al caer, y junto con ellos, alguna ambulancia.-

 -¿Aguantarás? Es decir…-

 -Claro que aguantaré. Tengo una promesa que cumplir.- Cerró los ojos y apoyó la cabeza en la pared.
  Yo me eché a llorar, hasta que, después de unos minutos me calmé y apoyé la cabeza sobre su hombro.

 -Te quiero.

 -Lo sé. No te creas que no me he dado cuenta.

No molestar.

No era aún medio día cuando dejé el lápiz sobre la mesa. No encontraba las palabras, no hallaba la forma de continuar escribiendo, así que después de estirarme y suspirar, me levanté y decidí salir a despejarme.
 En principio me rondó la idea de salir a la calle, pero, ni sabía adónde ir, ni iba vestida medianamente en condiciones y, la verdad, no tenía ningunas ganas de cambiarme, así que opté por ir rumbo a la azotea.

 Cuál sería mi sorpresa al abrir la puerta y encontrarme una maleta en el suelo acompañada por unos zapatos gastados y una cara gabardina negra empapada vistiendo a un chico moreno de dos metros diez que yo conocía muy bien.
 Dimitri.

 Las lágrimas no tardaron en brotar, tanto en sus ojos como en los míos. Unas lágrimas llenas de sentimientos que ambos habíamos guardado durante todo este tiempo que habíamos pasado lejos el uno del otro.
Nada más echarme las manos a la boca, recién abierta a causa del estupor, me abrazó. Me abrazó como nunca lo había hecho: Culpándome, riñéndome por haberme ido sin haberle dicho absolutamente nada.
 Lentamente, se apartó de mí, le miré a los ojos y, con suavidad, rocé con la palma de mi mano derecha su mejilla, enjugando una lágrima.
 Y le besé.

 Nos fundimos en un beso que expresaba todo lo que ambos llevábamos dentro: Dolor, tristeza, arrepentimiento, soledad, ternura, amor, pasión, ira, lujuria...

 Comenzó poniendo sus manos sobre mi cintura y, muy dulcemente fue envolviéndome con sus cálidos brazos, que fueron subiendo hasta enredar sus dedos con mi pelo. Con sus labios aún sobre los míos, me estampó contra la pared, utilizando ligeramente algo de presión con su cuerpo sobre el mío. Apoyó las manos en la pared y, con gran esfuerzo, separó sus boca de la mía para dejar su rostro a tan sólo unos pocos centímetros frente al mío, mirándome con una intensidad con la que sólo a mí me miraba. Esa mirada que, aunque suene horriblemente típico, hacía que el resto del mundo desapareciese...
 Bajó la vista y, con los dientes apretados, me susurró.

 -¿Por qué...?- Violvió a mirarme a los ojos, subiendo el tono de voz. -¿Por qué no me lo dijiste? ¿Entiendes como me sentí después de que te fueras sin decirme absolutamente nada? ¿Creíste que no lo entendería? ¿Que te habría obligado a quedarte?

 -No. Sabía perfectamente que lo entenderías y que me habrías acompañado sin necesidad de que yo te lo hubiese pedido.

 -¿Entonces...?- Gritó furioso, pero, instantáneamente, su tono pasó a ser apesadumbrado. -¿Por qué te fuiste? ¿Por qué te fuiste... sin mí?

 -Porque tenía miedo, miedo de enfrentarme a mi vida y sentía que esto era algo que debía hacer sola. Debía luchar contra ese temor y vencerlo yo sola.

 Me miró fijamente y me besó con ternura. Se hizo un momento de silencio y habló de nuevo.

 -¿Has vencido ya ese temor? ¿Puedo... volver a tu lado?

 Sonreí.

 -Eres más que bienvenido.

 Cogí su maleta y, entre besos y caricias, pude dejarla en el suelo del salón, apoyada en el sofá. Entretanto, el sentimiento de ausencia que habitaba en nuestros corazones quedó mitigado por la desatada pasión de nuestro encuentro y, camino de la habitación, fuimos deshaciéndonos de la ropa, que nos impedía unir nuestros cuerpos como uno solo.



 Desde luego, me hubiese gustado tener un cartel de esos de ''NO MOLESTAR'' para colgarlo en el pomo de la puerta, aunque nadie hubiese allí para leerlo.